03 junio 2007

Hasta la madrugada

Caigo. Sigo cayendo tras la negrura impetuosa del último atardecer.
Bernardo Soares era infinitamente más feliz que yo. Bernardo Soares es el ser más feliz de la tierra comparando conmigo.
Porque yo sólo soy un eterno mar de dudas inscrito en un inmenso océano de inseguridades. Y, mis aguas, cuando terminan en el océano se terminan diluyendo, espinosas, rastreras, como el canto del zorzal, con el olor de las lilas y la virulencia de las últimas tormentas de agosto.
Pero en la calle hace bochorno y no sé cómo salir a buscarte entre el inmenso vacío de las calles en domingo.
¿Recuerdas la setcreasea? ¿Recuerdas el eterno morado provocado por los hematomas en mi piel? ¿Recuerdas las agujas? ¿Las recetas secretas? ¿Recuerdas el Sermón del Fuego y Lo que dijo el trueno?
La raíz DA. La eterna triada cautivadora de vida, el eterno sonido que hace surgir la vida y, su eterna respuesta, el OM mágico.
Un eterno poema de Pound, retazos de La Tierra Baldía, la interminable cadencia de Cernuda, el silencio inmutable de Gil de Biedma tras el último poema y la ansiosa ebriedad convertida en don de Claudio Rodríguez. Los malditos niños de Cocteau siguen quemando hojas en la Cité noche tras noche afanados en no crecer y en comportarse, desde su eterna inseguridad, de manera más cruel que los propios adultos.
Somos lo que sembramos, pero triste, como siempre, me senté en una piedra y lloré.
Afuera, en la calle, seguían lloviendo espinas.
Esta noche, tampoco saldré a buscarte.
Ya no tengo piel, pero sigo vivo, revolviéndome entre la sangre restallada y el dolor que me mantiene con vida y plenamente consciente.

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