No hay luz en los rostros.
Se apagaron todas las ventanas de la calle. No queda nadie para hacerme compañía. Todos mis vecinos duermen, hay silencio entre los escombros de las obras y el frío amenaza con ir devorando poco a poco los últimos resquicios de un verano excesivamente largo por su duración.
Me ahogo con el pus que supuran mis encías. Mi lengua sigue siendo pastosa, se seca y vuelve a arrancar la eterna costra de las llagas de mis labios, mientras mis dientes despedazan el sabor amargo de la eterna caída de las hojas en mi estómago.
Es el enésimo cigarro que me fumo esta noche. El cáncer se va extendiendo por mis entrañas. Siento el dolor lacerante. Los nervios mandando señales al cerebro de que algo va mal. Mis pulmones están anegados en el negro alquitrán con el que se embrean las pasiones cuando son demasiado falsas para seguir manteniéndolas a flote.
Me duele el pecho. Lleva años doliéndome. Ya no me asusta.
Me da lo mismo lo que me mate. Sé que el día que me diagnostiquen que mis células funcionan al revés, sólo necesitaré ocho cosas: dos gomas, dos jeringas, una cuchara, un mechero y dos dosis de morfina, la segunda mortal. Me reservaré un final a lo grande.
La almohada me traga. Me agobia. Me aisla.
La habitación es tan grande como un universo, y a la vez tan sumamente pequeña como la última molécula del mundo. Me siento tan insignificante como el último arañazo sobre la piel de un elefante.
Con el gris de mis noches asfaltaron todas las calles de mi vida y no quedan obras para esta maldita legislatura.
Ni el más pequeño trozo de hiel, ni la bilis más amarga, ni los dedos cortados sobre el teclado, no hay sonido ya entre las hoces. Y no me quedan nombres que gritar ni poros entre las piedras para esconderme. Se me seca el musgo de dentro y el nivel freático se va por donde vino.
Porque no me quedan horas sobre la tierra. Porque el mundo de los sueños sigue siendo tan vacuo como una sala hipóstila en mitad de una selva.
Olas de mar que acarician la arena. Pero es un mar tan salado...
Se apagaron todas las ventanas de la calle. No queda nadie para hacerme compañía. Todos mis vecinos duermen, hay silencio entre los escombros de las obras y el frío amenaza con ir devorando poco a poco los últimos resquicios de un verano excesivamente largo por su duración.
Me ahogo con el pus que supuran mis encías. Mi lengua sigue siendo pastosa, se seca y vuelve a arrancar la eterna costra de las llagas de mis labios, mientras mis dientes despedazan el sabor amargo de la eterna caída de las hojas en mi estómago.
Es el enésimo cigarro que me fumo esta noche. El cáncer se va extendiendo por mis entrañas. Siento el dolor lacerante. Los nervios mandando señales al cerebro de que algo va mal. Mis pulmones están anegados en el negro alquitrán con el que se embrean las pasiones cuando son demasiado falsas para seguir manteniéndolas a flote.
Me duele el pecho. Lleva años doliéndome. Ya no me asusta.
Me da lo mismo lo que me mate. Sé que el día que me diagnostiquen que mis células funcionan al revés, sólo necesitaré ocho cosas: dos gomas, dos jeringas, una cuchara, un mechero y dos dosis de morfina, la segunda mortal. Me reservaré un final a lo grande.
La almohada me traga. Me agobia. Me aisla.
La habitación es tan grande como un universo, y a la vez tan sumamente pequeña como la última molécula del mundo. Me siento tan insignificante como el último arañazo sobre la piel de un elefante.
Con el gris de mis noches asfaltaron todas las calles de mi vida y no quedan obras para esta maldita legislatura.
Ni el más pequeño trozo de hiel, ni la bilis más amarga, ni los dedos cortados sobre el teclado, no hay sonido ya entre las hoces. Y no me quedan nombres que gritar ni poros entre las piedras para esconderme. Se me seca el musgo de dentro y el nivel freático se va por donde vino.
Porque no me quedan horas sobre la tierra. Porque el mundo de los sueños sigue siendo tan vacuo como una sala hipóstila en mitad de una selva.
Olas de mar que acarician la arena. Pero es un mar tan salado...
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