Hay veces, hay millones de veces en las que no me apetece escribir. Pero sigo escribiendo. Sigo escribiendo porque realmente no sé escribir sin sacar toda la mierda que se agolpa en mi mente día tras día, hora tras hora. Necesito sacar todo el veneno que se agolpa alrededor de mi corazón, la ponzoña que corroe las venas que surcan mi cerebro y que me hacen desear cada día más tatuarme en la espalda lo que los marinos nihilistas rusos llevaban en las suyas: Nací para la muerte.
Puesto que sé que nací para la muerte, he dejado de nacer. Hay quien pensaba que se nacía para los sueños. Yo, como Quevedo, cada día tengo más claro que pañales y mortaja van unidos de la mano y jamás se separan, excepto en el momento más fácil de toda la vida, que es el verdadero final.
No soy nada y no puedo querer ser nada, como decía Pessoa. Y, sin embargo, ego sum qui sum, como le dijo Dios a Moisés cuando le preguntó quién era.
Cartago, hoy como ayer, debe seguir siendo destruida. Pero a pesar de todo, seguimos inmersos en esta Babilonia repleta de mierda y luces de neón, con putas en cada esquina y aprendices degenerados de seres humanos. Es necesario superar toda forma de moral antigua y comprender que el sucidio sigue siendo totalmente lícito, porque Dios no puede suicidarse por mucho que quiera y sólo a nosotros nos ha dado esa facultad.
Sigo contagiado de odio. Sigo contagiado de rabia. Vosotros sois los culpables. Ahora no me vengais con cuentos. Sólo la pandestrucción universal salvará al mundo de la raza humana. Hoy, como ayer, el terrorismo sigue siendo válido. Vosotros lo fomentasteis.
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