12 abril 2007

Oyó cerrarse la puerta tras él y comprendió que nada de lo que dijera haría volver al sol. Sabía que habría de quedarse en ese maldito mundo de tinieblas otra vez, hasta que la puerta se abriera de nuevo para traerle la comida. Sabía, por experiencia propia, que jamás saldría de allí si no era con los pies por delante.
Y lo sabía, porque lo tenía todo. Tenía un escritorio, papel y miles de libros. Una cama caliente todas las noches y comida por delante para el resto de su vida. Tenía un baño para él solo, con una bañera en la que se salía el agua, pero una bañera al fin y al cabo. Y un baño limpio, al fin y al cabo.
Sólo que odiaba el blanco... Odiaba el blanco de las paredes acolchadas de su habitación. Y se odiaba a sí mismo.
Odiaba que deseara que llegara el momento en el que esa puerta se abriera cada día por tres veces, para que la misma persona le llevara la comida y la depositara encima del escritorio, donde tenía siempre algún libro abierto, cuartillas medio emborronadas, un cenicero medio lleno y una cajetilla de tabaco a medio vaciar. La persona era siempre la misma. Entraba, dejaba la bandeja y salía, tras esbozar una tímida sonrisa de saludo al "hola" que siempre le dedicaba a las mismas horas. Por desgracia, la persona de la comida jamás le respondía.
Estaba terminantemente prohibido que alguien hablara con él. Le habían aislado. Le había condenado allí porque "no se podía hablar con él". Le habían enclaustrado y sólo le dejaban hablar con las páginas de los libros que leía, con autores muertos hace años y a través de las páginas que escribía. Páginas que, una vez escritas, el mismo hombre que traía la comida se llevaba para terminar arrojándolas a la basura con la intención de que los pensamientos de aquella mente obtusa jamás vieran la luz. Él, que había comprendido el secreto, no podía comunicarlo a otros. Y no porque los otros fueran estúpidos. Sino, porque como en el mito de la caverna, no podían creer que fueran sombras lo que veían.
Así fue como terminó en aquella habitación de paredes acolchadas.
Cuando por fin lo comprendió, quemó el filtro de un cigarrillo hasta hacerlo cortante como el filo de una navaja. Se sentó en la cama, clavó el filtro en las venas de sus muñecas e hizo un corte de arriba abajo, para evitar que la sangre terminara coagulándose. Cogió The Cantos de Ezra Pound, los abrió por una página al azar, se tumbó y se puso a leer.
Cuando lo encontraron, una enorme sonrisa surcaba sus labios. Estaba lívido sobre un charco de su propia sangre, y sobre su pecho, abierto, el mismo poema de Pound que noche tras noche recitaba a voz en grito antes de dormir:
Lo sacarescente, yaciendo en glucosa,
lo pomposo en lana de algodón
con una pestilencia como las grasas en Grasse,
el gran culo costroso, cagando moscas,
tronando de imperialismo,
último orinal, montón de mierda, revolcadero de meados
sin cloaca,
. . . . r, menos escandaloso, . . . . . Episcopus
. . . . . . sis,
agachado, atornillado a la inmundicia,
con sus piernas ondulantes y pustulosas,
con un suspensorio clerical colgándole sobre el ombligo
y su condón lleno de escarabajos negros,
y tatuajes alrededor del ano,
y un círculo de damas golfistas alrededor suyo.

los valerosos violentos
tajándose con cuchillos,
los cobardes incitadores a la violencia
. . . . . n y . . . . . . h comido por gorgojos,
. . . . . . . ll como un feto hinchado,
la bestia de cien patas, USURA
y la inmundicia de los respetadores,
inclinándose ante los señores del lugar,
explicando sus ventajas,
y los laudatores temporis acti
sosteniendo que la mierda solía ser más negra y rica
y los fabianos llorando por la petrificación y putrefacción,
por un nuevo venero de inmundicia cortado en losanges,
los conservadores charlando,
identificados por sus polainas de piel de barrio bajo,
y los rascaespaldas en gran círculo,
quejándose del poco caso,
la búsqueda sin fin, contrademanda por la rascada ausente
los litigantes,
el verde sudor de bilis, los dueños de las noticias, . . . . s
los anónimos
. . . . . . ffe, roto
su cabeza disparada como bala de cañón hacia la puerta de cristal,
atisbando a través de ella por un instante,
volviendo a caer en el tórax, epiléptico,
et nulla fidentia inter eos,
todos con sus espaldas crispadas,
con dagas, y cabos de botella, en espera
de un instante desprevenido;
[...]

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