El sol hacía que se quemaran sus pupilas. La sed, la deshidratación hacía acto de presencia, y su cabeza daba vueltas y más vueltas, en círculos inagotables. Se estaba volviendo loca y no había agua que llevarse a la boca. Ya no. Su cantimplora se había acabado hacía tiempo y los pies le ardían, como el resto del cuerpo. Enormes gotas de sudor le cruzaban la cara de un lado a otro y su respiración se hacía cada vez más pesada, más intensa. Jadeante, pero a la vez, difusa...
Se estaba quemando viva. Lo sabía porque notaba arder todas las fibras de su cuerpo. El pecho le escocía. Le dolía el corazón. La sangre se evaporaba, llevándose con ella el poco agua que quedaba en su interior.
Y allá, a lo lejos, lo vio.
Era un oasis.
Al principio no sabía si creer a su vista o la fiebre la estaría engañando. Otro espejismo de los múltiples que sacuden a los perdidos en todos los desiertos. La última ilusión antes de la rendición. Antes de la paz.
Se acercó tambaleante, y a cada paso que daba, la visión parecía más y más real. En sus últimos pasos estaba convencida de que se desvanecería en cualquier instante. Que desaparecería para siempre, que nunca más se sabría nada de aquel lago cristalino y esas palmeras llenas de dátiles que surgían en medio de aquel paraje inhóspito, sin vida, sin ningún tipo de vegetación.
Cuando tocó el agua, no podía creer que sus dedos se mojaran. Cuando la probó, no creyó que fuera verdad. Y, sin embargo, lo era. Era agua. Pura y simplemente, agua.
Estaba salvada.
Ya no había fiebre. Sólo había frescor.
Se estaba quemando viva. Lo sabía porque notaba arder todas las fibras de su cuerpo. El pecho le escocía. Le dolía el corazón. La sangre se evaporaba, llevándose con ella el poco agua que quedaba en su interior.
Y allá, a lo lejos, lo vio.
Era un oasis.
Al principio no sabía si creer a su vista o la fiebre la estaría engañando. Otro espejismo de los múltiples que sacuden a los perdidos en todos los desiertos. La última ilusión antes de la rendición. Antes de la paz.
Se acercó tambaleante, y a cada paso que daba, la visión parecía más y más real. En sus últimos pasos estaba convencida de que se desvanecería en cualquier instante. Que desaparecería para siempre, que nunca más se sabría nada de aquel lago cristalino y esas palmeras llenas de dátiles que surgían en medio de aquel paraje inhóspito, sin vida, sin ningún tipo de vegetación.
Cuando tocó el agua, no podía creer que sus dedos se mojaran. Cuando la probó, no creyó que fuera verdad. Y, sin embargo, lo era. Era agua. Pura y simplemente, agua.
Estaba salvada.
Ya no había fiebre. Sólo había frescor.
1 comentario:
pero sigo perdida dando vueltas por este desierto y no consigo encontrar el oasis.
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