Es 29 de diciembre. Está lloviendo sobre mi ventana. Generalmente diría contra, pero me encuentro exiliado (como todos sabéis) en la buhardilla de mi casa. Me encanta cuando llueve con fuerza y escucho el martilleo constante de las gotas estrellarse contra el cristal. Es algo que todo el mundo debería experimentar una vez en la vida; toda la casa en silencio y estar metido en la cama con las sábanas hasta las orejas, mientras escucha el repiqueteo del agua de manera constante. En ese momento, cuando ya no podemos distinguir qué es realidad, qué es sueño, y todo es sombra, me parece estar meciéndome en un eterno océano de ilusiones y esperanzas.
Mañana me marcho a un pueblo perdido del interior cántabro a pasar el fin de año. No es una mala opción. En mi eterna lucha contra lo establecido y políticamente correcto, me encantaría poder pasar la noche de "fin de año" en mi casa, solo, perdido, leyendo un buen libro metido en la cama sin tener que preocuparme por despedir el año comiendo uvas (jamás las he comido, de lo cual estoy orgulloso), brindando con sidra, cava, champagne... y abrazando a todo el mundo y deseando feliz año simplemente porque toca. Es en esos momentos cuando me gusta escaquearme de toda la algarabía y llamar a algún amigo que no espere ni por asomo mi llamada para darle una verdadera sorpresa y, al menos, hacer que alguien empiece el año por lo menos sonriendo por recibir noticias de alguien que no esperaba. Por eso, el año pasado cuando la cosa se fue despejando un poco y los más se marchaban de cotillón, yo cogí mis cosas, me despedí de todo el mundo y me marché solo a mi casa. Sopesé los pros de mi decisión (mis decisiones nunca tienen contras, os lo aseguro) y me apropié de San Manuel Bueno Mártir dispuesto a dar buena cuenta de él. De hecho, me lo acabé aquella noche mientras todo el mundo con sonrisas fingidas, ilusiones absurdas y muchas copas de más celebraba la entrada de un año en el cual las cosas han seguido siendo igual para todo el mundo, ya que siempre he creído que el 31 de diciembre y el 1 de enero no se diferencian a no ser que sea por la resaca. Para mí la estupidez de tener que acabar un año sonriendo está de más, porque sinceramente nada va a cambiar. No vamos a dejar de fumar aunque haya Ley Antitabaco, ni perderemos peso, ni ligaremos más y, por supuesto, no nos van a subir el sueldo ni serás mejor persona. Serás el mismo, con tus desgracias y tus alegrías. Serás más viejo, arrastrarás tu cuerpo bajo el peso de otro año y te acercarás, inexorablemente, a la muerte; pues cada día que pasa estás más cerca. Eso se debería celebrar y dejarnos de tanta estupidez y tanta hipocresía. Vuestros hígados lo agradecerán.
Siempre me he imaginado cómo sería levantarse un uno de enero a las 9 de la mañana y salir a dar un paseo por la calle. Quizás este año, perdido en un pueblo de Cantabria, lo haga. Eso, claro está, si Neruda y su primer tomo de Obras Completas me lo permiten. Ya tendréis noticias mías. Por lo pronto y para que vosotros despidáis el año, os dejo un poema suyo:
Caballero solo
Los jóvenes homosexuales y las muchachas amorosas,
y las largas viudas que sufren el delirante insomnio,
y las jóvenes señoras preñadas hace treinta horas,
y los roncos gatos que cruzan mi jardín en tinieblas,
como un collar de palpitantes ostras sexuales
rodean mi residencia solitaria,
como enemigos establecidos contra mi alma,
como conspiradores en traje de dormitorio
que cambiaran largos besos espesos por consigna.
El radiante verano conduce a los enamorados
en uniformes regimientos melancólicos,
hechos de gordas y flacas y alegres y tristes parejas:
bajo los elegantes cocoteros, junto al océano y la luna
hay una continua vida de pantalones y polleras,
un rumor de medias de seda acariciadas,
y senos femeninos que brillan como ojos.
El pequeño empleado, después de mucho,
después del tedio semanal, y las novelas leídas de noche,
en cama,
ha definitivamente seducido a su vecina,
y la lleva a los miserables cinematógrafos
donde los héroes son potros o príncipes apasionados,
y acaricia sus piernas llenas de dulce vello
con sus ardientes y húmedas manos que huelen a cigarrillo.
Los atardeceres del seductor y las noches de los esposos
se unen como dos sábanas sepultándome,
y las horas después del almuerzo en que los jóvenes estudiantes,
y las jóvenes estudiantes, y los sacerdotes se masturban,
y los animales fornican directamente,
y las abejas huelen a sangre, y las moscas zumban coléricas,
y los primos juegan extrañamente con sus primas,
y los médicos miran con furia al marido de la joven paciente,
y las horas de la mañana en que el profesor, como por descuido,
cumple con su deber conyugal, y desayuna,
y, más aún, los adúlteros, que se aman con verdadero amor
sobre lechos altos y largos como embarcaciones:
seguramente, eternamente me rodea
este gran bosque respiratorio y enredado
con grandes flores como bocas y dentaduras
y negras raíces en forma de uñas y zapatos.
(de Residencia en la tierra)
2 comentarios:
Yo he salido un uno de enero a pasear a las nueve de la mañana. No te lo recomiendo. Las calles están llenas de almas errantes en cuerpos que se tambalean, con los tacones en la mano y manchas de chocolate en la corbata desanudada. La calle está húmeda, porque ha llovido la noche anterior (Galicia... Cantabria...), y hay retazos de hígados enfermos en cada esquina.
Volví a casa a ver el concierto de Año Nuevo, y salí de nuevo a las doce... Y eso sí te lo aconsejo. La calle sigue húmeda, las esquinas siguen dolientes, estoicas. Pero, y a pesar de ello, el aire huele diferente. El frío y la lluvia son diferentes. El silencio es diferente. Y por un segundo, parece que ese año que empieza tímido y silencioso también será diferente.
Ese segundo merece la pena, te lo aseguro. Y pasado mañana, cuando mi paraguas y yo salgamos a la calle nuevamente húmeda, pensaré que quizá haya alguien más recibiendo el año con un paraguas y el silencio.
Feliz Año.
Deseo un buen 2006 para todos. Un saludo.
Publicar un comentario