Más de ocho años después, todavía tengo la voz de Alberto en mi cabeza recitando esto. ¡Cuánto ha llovido desde entonces! Si lo hubiéramos sabido...
Cuántas cosas me hubiera gustado poder advertir.
Un aeropuerto, advertir a una niña. Sin conocerla...
Cuántas cosas habrían cambiado...
Probablemente, ahora dormiría por las noches.
Que el Titán me salve:
CAUPOLICÁN
Es algo formidable que vio la vieja raza:
robusto tronco de árbol al hombro de un campeón
salvaje y aguerrido, cuya fornida maza
blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón.
Por casco sus cabellos, su pecho por coraza,
pudiera tal guerrero, de Arauco en la región,
lancero de los bosques, Nemrod que todo caza,
desjarretar un toro, o estrangular un león.
Anduvo, anduvo, anduvo. Le vio la luz del día,
le vio la tarde pálida, le vio la noche fría,
y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán.
«¡El Toqui, el Toqui!» clama la conmovida casta.
Anduvo, anduvo, anduvo. La aurora dijo: «Basta»,
e irguióse la alta frente del gran Caupolicán.
(Rubén Darío)
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