Vuelvo a casa. Vuelvo a casa por el maldito coche, pero vuelvo a casa. Y vuelvo a casa solo.
Necesito reencontrarme con las calles en las que crecí bajo el silencio de mi mente. Necesito volver a sentir el frío en la cara y el olor a leña de las estufas que se resisten a la globalización en mi nariz.
Odio el lugar en el que nací, y a la vez lo amo. Como todos los buenos amantes, existe esa justa proporción y esa fina línea que separa los sentimientos más hermosos de los más desagradables.
Vuelvo a confundirme entre sus gentes y sus noches y me siento de aquí y de allí. Me siento hombre, pero a la vez animal y me dan ganas de perderme en el monte y tumbarme sobre la hierba a pastar durante toda la noche contemplando las estrellas.
Esta noche, al menos, tengo el jazz en un auditorio para mí solo prácticamente.
Mañana... Mañana volveré al monstruo agonizante llamado Madrid.
Pero, para mañana, todavía me quedan horas.
06 noviembre 2007
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