En los grandes jardines de la escarcha habitaba el olvido. Eran nuestros nombres escritos en la gran pizarra de la Muerte, que blandía la eterna guadaña sobre el último halo de luna. Nuestras sombras se agitaron confusas entre tanta sangre.
Caía el semen despacio entre las sábanas y nuestras almohadas sabían a hiel, olían a sudor. Tan sólo fue; tan sólo es. Nos arrastramos despacio entre un sucio mar de olas gigantescas con sabor a éter y tacto sucio. Los huecos del colchón se rellenaron con tremenda suciedad salida de nuestras más oscuras entrañas.
Los cigarros saltaron de sus cajetillas y se lanzaron hacia el mechero. En comunión con él, decidieron violarlo. El mechero, en un estertor orgásmico y último, reventó en llamaradas color azul violáceo y los cigarros se prendieron. Salieron más cigarros de las cajetillas intentando apagar a sus hermanos incandescentes. Se tumbaban sobre ellos para apagar el fuego. Pero el papel de fósforo que los recubría hacia que se avivaran las llamas, y a cada intento por apagar la brasa que consumía a sus hermanos, más y más cigarros se consumían entre el sonido del fósforo desgarrando el papel y las hebras que les servían de entrañas. Pronto, sólo quedaron cenizas sobre la mesa de la cocina, como un mal recuerdo cubierto de humo. El sueño de los cigarros que violaron al mechero quedó suspendido sobre el oxígeno sobrante de la cocina, hasta que alguien decidió ventilar y esta historia se perdió entre los ladrillos del patio interior de mi casa.
Esta es mi mente. Este soy yo. Me estoy volviendo loco en pequeñas dosis. Las pastillas ya no me sirven y los gritos no se escuchan.
En el fondo del espejo, mi reflejo me recuerda que ya no puedo dormir.
Caía el semen despacio entre las sábanas y nuestras almohadas sabían a hiel, olían a sudor. Tan sólo fue; tan sólo es. Nos arrastramos despacio entre un sucio mar de olas gigantescas con sabor a éter y tacto sucio. Los huecos del colchón se rellenaron con tremenda suciedad salida de nuestras más oscuras entrañas.
Los cigarros saltaron de sus cajetillas y se lanzaron hacia el mechero. En comunión con él, decidieron violarlo. El mechero, en un estertor orgásmico y último, reventó en llamaradas color azul violáceo y los cigarros se prendieron. Salieron más cigarros de las cajetillas intentando apagar a sus hermanos incandescentes. Se tumbaban sobre ellos para apagar el fuego. Pero el papel de fósforo que los recubría hacia que se avivaran las llamas, y a cada intento por apagar la brasa que consumía a sus hermanos, más y más cigarros se consumían entre el sonido del fósforo desgarrando el papel y las hebras que les servían de entrañas. Pronto, sólo quedaron cenizas sobre la mesa de la cocina, como un mal recuerdo cubierto de humo. El sueño de los cigarros que violaron al mechero quedó suspendido sobre el oxígeno sobrante de la cocina, hasta que alguien decidió ventilar y esta historia se perdió entre los ladrillos del patio interior de mi casa.
Esta es mi mente. Este soy yo. Me estoy volviendo loco en pequeñas dosis. Las pastillas ya no me sirven y los gritos no se escuchan.
En el fondo del espejo, mi reflejo me recuerda que ya no puedo dormir.
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