11 mayo 2006

Juegos

Noche de mayo. El mar no está a mi lado.
Es ya tarde y tus ojos ni de coña siguen aquí.
No sé a qué cojones juegas, pero una parte de mí lo odia y a otra parte le encanta. Rozar un centímetro de tu piel sabiendo que me está prohibido. Subirme al carro de la esperanza durante un segundo para bajarme en la siguiente frase. Miradas que se entrecruzan y bromas aparte.
Cada día me siento más estúpido y me despierto soñando que la vida es como quiero que sea y no como realmente es.
Rumores estúpidos, dañinos, que en el fondo tienen razón y hacen daño porque la verdad nos hará libres. Hay pocos trenes para coger a estas alturas de la película y siento que cada día me queda menos dinero para comprar billetes.
Ahora mismo...
Ahora mismo dilapido las horas haciendo el ganso. Todo debería dejarse de rodeos e ir al grano. Tú, no. Yo, sí. Se acabó. Rápido y certero, como un rayo desgajando un haya en una noche calurosa de agosto.
El viento me trae humedad que jamás conoceré. Un lenguaje que jamás conseguiré hablar y la Historia de un pueblo que me pareció muy cercano hace muchos años pero al que cada día comprendo menos. Embadurnadas sus espadas en las hojas de tejo, jamás esperaron dejar supervivientes. Lo consiguieron durante siglos. Sus piedras sin tejado son, hoy por hoy, el único vestigio que nos queda.

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