24 abril 2006

Sólo un Nobel lo diría así

Los que me conocéis bien, sabéis el amor que guardo al lugar de donde vengo. Sabéis también que siempre hay una fina línea entre el amor y el odio. Y todo lo que la amo, la odio. De hecho, cada día entiendo más a los de El Campichuelo (no os lo puedo explicar, hay que conocer muy bien a los únicos indígenas de la provincia).
El caso es que en el libro que me estoy leyendo ahora, Babbitt, de Sinclair Lewis me he encontrado con un pasaje que se podría aplicar al día a día de los que controlan el cotarro en Cuenca, es decir, los caciques.
Ahí va:

"Después Chum Frink les dirigió la palabra:
-Muchos de ustedes pensarán que es inoportuno hablar aquí de una cuestión puramente artística, pero voy a lanzarme resueltamente y pedirles, mis buenos amigos, que aprueben la idea de organizar en Zenith una orquesta sinfónica. Ahora bien; muchos de ustedes cometen el error de suponer que como no les gusta la música clásica, deben oponerse a que se den conciertos sinfónicos. He de confesar que, aunque literato de profesión, yo no tengo el más mínimo interés por esa música intelectual. Prefiero oír buen jazz antes que cualquier obra de Beethoven sin más melodía que una riña de gatos, y que no se puede silbar ni a tres tirones. Pero la cuestión no es ésa. La cultura ha llegado a ser hoy día un adorno y un anuncio tan necesario para una ciudad como la pavimentación de las calles o los balances bancarios. Es la cultura, en teatros, museos y demás, la que lleva a Nueva York miles de forasteros todos los años y, para ser franco, a pesar de nuestro extraordinario progreso, no hemos alcanzado todavía la cultura de urbes como Nueva York, Chicago, Boston... O, al menos, no se nos reconoce. Lo que hay que hacer, pues, como emprendedores que somos, es capitalizar la cultura; salir y echarle mano... Los cuadros y los libros están bien para los que tienen que estudiarlos, pero no van por ahí gritando: <> Y he aquí precisamente lo que hace una orquesta sinfónica. Vean ustedes la fama de Minneapolis y Cincinnati. Una orquesta con músicos de primera y un buen director (creo que debíamos hacer la cosa por todo lo alto y buscar uno de los directores que pidan más dinero, con tal que no sea un teutón), una orquesta así, digo, va a Beantown, a Nueva York, a Washington; toca en los mejores teatros ante un auditorio culto y adinerado; anuncia una ciudad como no se puede mejor; y el individuo que es tan corto de miras como para aguar este proyecto pierde la ocasión de impresionar el glorioso nombre de Zenith en el cerebro de algún multimillonario neoyorquino que acaso..., acaso abriera aquí una sucursal de su fábrica. Podría también señalar que para aquellas de nuestras hijas que muestran interés por la música seria y que tal vez quieran enseñarla después, tener una organización local de primera es un gran beneficio, pero limitémonos ahora a su valor negociable y demos, queridos cofrades, un viva a la cultura y a la orquesta sinfónica.
Hubo aplausos."

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