Elevación, levitación. Parálisis del tiempo, que se antoja más relativo que nunca. Un instante de crudeza antes de la conclusión necesaria e inevitable: La rama más baja se inserta en mi carne a través de mi espalda. Se abre camino poco a poco a través de las ramificaciones nerviosas de mi interior. El dolor es indescriptible, taladra carne, órganos y hueso. Siento y oigo el chasquido de lo vivo que va quebrándose poco a poco ante la invasión de un cuerpo externo. Miro hacia abajo y lo veo, la parte más saliente comienza a aparecer por delante de mi pecho, ha quebrado el esternón y busca la luz entre espasmos de dolor y cúmulos de masa sanguinolenta de procedencia inclasificable. Parte de mis entrañas yacen desparramadas alrededor de la rama que sobresale cada vez más mientras mis ojos se llenan de lágrimas huecas de dolor y desesperación. El vello de mi nuca se eriza hacia lo alto propiciado por el cúmulo de sensaciones indescriptibles que asolan mi cerebro, que está sobrecargado con tanta información nerviosa.
El tiempo, más relativo que nunca, ha dejado de pararse. Ahora fluye y con él, el inmenso dolor horrible y no atenuado por nada que amenaza con abarcar todo mi cuerpo. Mi boca se abre y grita, y es en ese momento, mientras el sonido sale ronco y fuerte del adentro, cuando soy consciente y me percato de que hasta entonces había estado callado, sobrepasado y centrado sólo en sentir, hasta que no pude más y estallé con la rabia y la impotencia de saberme en el lugar en que me encuentro:
El árbol de espinas.
Víctima del Alcaudón.
Sólo una ofrenda más en un altar consagrado a la lucha incesante de dos dioses. La eternidad sintiente me espera, pues no existirá la muerte mientras permanezca crucificado sobre una de las múltiples ramas del árbol. Como yo, hay miles de almas. Oíd los gritos.
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